–Estos son malos tiempos, es triste –dice la señora Ana, ocurrentemente. La señora Ana es una mujer de avanzada edad, de estatura media –poco más de un metro sesenta y cinco–, la señora Ana tiene una figura encorvada, producto del pasar de los años. De hombros delicados y pelo con abundantes canas, con un semblante segura de sí misma, de mandíbula pequeña, irradia bastante alegría, y sus manos –no muestran debilidad y son lo bastante fuertes como para partir cocos– firmes manos.

Con respecto a su familia, la señora Ana guarda una sola preocupación: la vida de su nieto. José es un joven de 16 años, asiste a una escuela pública de la zona paracentral del país, se encuentra en su primer año de bachillerato. A José le gusta dibujar, y según relata la señora Ana el joven tiene talento. José es un poco reservado pero a la vez vivaracho, de nariz y barbilla afiladas, y de ojos recelosos. Los padres de José fallecieron hace años cuando intentaban llegar de mojados a Estados Unidos.

Una semana, José encontró trabajo cerca de una carpintería de su casa, dejó de asistir a la escuela. Y una noche de viernes, de aquella semana, la señora Ana regresaba a su casa con la esperanza de que José le preparará una taza de café instantáneo. Esa noche no lo encontraba por ninguna parte, y regularmente José siempre estaba en casa mucho antes de que llegara la señora Ana.

La señora Ana salió a buscarlo y anduvo preguntando de casa en casa, a todos los vecinos de su colonia si habían visto a su nieto. Es una colonia relativamente pequeña, en la que todos se conocen entre si, según narra la señora Ana. –Lo vi antes de que oscureciera, estaba con dos muchachos a unas dos cuadras de la carpintería–, le dijo una vecina.

Inmediatamente la señora Ana salió corriendo a buscarlo cerca de la carpintería, no lo encontró, cerca hay un parque y a lo lejos vio salir a un joven de ahí, se acercó con la ilusión de que fuese su nieto. En efecto, ese era José, pero tenía la cara golpeada y la camisa rota. Unos pandilleros lo habían golpeado quitándole el dinero que había ganado esa semana en la carpintería, le rompieron la camisa mientras le buscaron tatuajes, para asegurarse de que no perteneciera a ninguna otra pandilla.

Esa es la gran preocupación que alberga todos los días a la señora Ana, poder regresar a su casa y que su nieto siga con vida. Ella sufrió el conflicto armado, perdió a su hija y yerno a causa de la inmigración y hoy teme por la vida de su nieto. –En la guerra, cuando llegó la paz, yo pensé que habría esperanza para mis hijos y los hijos de ellos, pero mire como estamos, sobreviviendo mientras los políticos se revuelcan en su charco de mierda. Estos son malos tiempos, es triste –dice la señora Ana.

Yo, en lo personal me pregunto: ¿mis hijos heredarán un mejor país?, ¿mis nietos podrán conocer un mejor El Salvador? El país se derrumba mientras nuestros gobernantes se preocupan solo por ellos mismos, sus pleitos políticos, y sus ansias de poder; ellos no albergan la misma preocupación de la señora Ana. Estos son malos tiempos, realmente tristes… cuanta razón tiene la señora Ana.