La globalización y la hiperconectividad actual nos han acercado unos a otros como nunca antes. Este contexto presenta grandes oportunidades económicas; sin embargo, también plantea grandes retos sociales. Nuestra cercanía actual nos obliga a relacionarnos diariamente con realidades tan diversas como cada uno de nosotros. La capacidad de convivir es vital, pero también el principal desafío.

El fracaso de nuestras sociedades para incluir a grandes segmentos poblacionales es evidente desde las perspectivas: económica (la pobreza sigue siendo un reto acuciante), política (la crisis de representatividad es cada vez mayor) y social. Y quisiera profundizar en esta última, puesto que tiene una manifestación prácticamente global: la inseguridad. La receta habitual para esta pandemia son más policías, más cámaras, leyes más severas, es decir, más seguridad. Esto es el equivalente a tapar el sol con un dedo. No porque el factor coercitivo no sea necesario, sino porque es insuficiente.

Omar Mateen, un estadounidense de nacimiento que creció, se educó y trabajó en Estados Unidos, protagonizó el último ataque terrorista que por hoy llama la atención mundial en Orlando, Florida. El saldo, 49 muertos y 53 heridos, es la mayor matanza en Estados Unidos desde el 9-11. Este tiene un factor diferenciador de otros ataques como los de París, Estambul o Nairobi, puesto que su objetivo era la comunidad LGBT. Fue un ataque de odio, de intolerancia, justo en el inicio de las celebraciones del mes de la diversidad sexual. ¿El detonante? Su padre argumenta que Mateen era homofóbico y que pocos meses atrás vio a dos hombres gay besándose en la calle y estalló en cólera.

Pero ¿de dónde nace un odio tan grande como para matar a sangre fría a tantas personas? ¿Qué lleva a ciudadanos del primer o tercer mundo a matar a otros como ellos? Ciertamente no hay justificantes para los atroces crímenes que estas personas han cometido, ninguna idea debería jamás defenderse con balas. Sin embargo, en vista de que esta espiral de violencia lejos de parar solo aumenta, bien haríamos en considerar factores estructurales que provocan hechos de semejante barbarie. En la médula de la pandemia de inseguridad actual subyace la marginación, la discriminación y la falta de oportunidades. Un caldo de cultivo perfecto para la violencia.

No hay que irse tan lejos para visualizar la gravedad del problema, El Salvador es un caso paradigmático en este asunto. El nuestro es un país donde confluye de forma visceral la visión de ellos contra nosotros, lo vemos a diario en múltiples facetas: izquierda contra derecha, hombres contra mujeres, católicos contra evangélicos, heterosexuales contra homosexuales, ricos contra pobres. Vivimos en burbujas, separados por muros, por odios y rencores. Hemos llegado al punto en el que como sociedad estamos dispuestos a que el Estado utilice su poder para eliminar, literalmente, a parte de la ciudadanía con tal de mantener a raya todo lo que no compartimos, lo que no entendemos. Preferimos balas a palabras.

Las nuestras son sociedades que se han cimentado sobre la base de la división por raza, sexo, religión, orientación sexual, ideologías políticas y un sinfín de etcéteras. A pesar de que nada es más normal que la diversidad en los seres humanos, nos han enseñado a huir de nuestras diferencias, a ocultarlas. Nos han acostumbrado a luchar entre nosotros por etiquetas, inclusive a matarnos por ellas. No es casualidad, por tanto, que en el reto de la convivencia estemos fracasando estrepitosamente.

La construcción de sociedades justas, incluyentes, tolerantes, respetuosas y empáticas por los demás son el antídoto para la crisis social de nuestros tiempos. Ya lo decía el ilustre reverendo Martin Luther King: «Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos». Nunca es tarde para aprender y hoy, más que nunca, necesitamos aprender a convivir con nuestras diferencias, debemos apostar por reivindicar una sola etiqueta que compartimos sin distinción: todas y todos somos humanos.