La vida se ha convertido en una sucesión de oportunidades para sobrevivir (Gabriel García Márquez). El 16 de enero de 1992 se firmaron los acuerdos de paz que pusieron fin a un conflicto armado en El Salvador. Estos doce años de guerra cobraron más de 75,000 vidas. Se logró una paz no tan duradera, una paz muy confusa, pues lo único que hubo fue un cese de disparos y muertes entre las partes enfrentadas. Otros fenómenos negativos perduraron tras la guerra. La paz fue solo un inicio. El inicio de una ardua tarea para reconstruir una nación.

Hay un enemigo común que siempre ha estado presente en nuestra historia. La violencia. La maldita violencia. Un fenómeno incendiario que destruye los débiles cimientos de nuestra sociedad de forma lenta y dolorosa. ¿Qué es la violencia? Es el uso de la fuerza para conseguir un fin. Un comportamiento enraizado en muchos de los salvadoreños.

Somos violentos cuando pitamos la vieja al conducir. Somos violentos cuando corregimos a nuestros hijos con una sandalia. Somos violentos cuando le pegamos a nuestras mujeres por considerarlas inferiores. Somos violentos cuando tratamos de imponer una moral por medio de la ley. Somos violentos cuando la única solución que encontramos a la delincuencia es la pena de muerte… La muerte jamás se paga con la muerte.

En los últimos 12 años, entre el periodo 2004 y 2015 se han cometido aproximadamente 45,355 homicidios. Todos actos violentos. ¿A quién le sorprende este número? ¿A cuántos nos impacta al punto de indignarnos? ¿O ya nos acostumbramos? 45,355 vidas pérdidas representan el 60% de las muertes que hubo en el conflicto armado. Con 45,355 personas muertas llenamos el Estadio Cuscatlan o El Estadio Nacional de Costa Rica, El Estadio Nacional de Guatemala y La Bombonera en Argentina.

La Masacre del Mozote fue de 900 campesinos. Los homicidios desde el 2004 hasta el día de hoy son 50 veces ese número. Y hasta el momento ningún expresidente las ha llorado…

Con un promedio de 10 muertes diarias al año 2020 habremos llegado a las 63,000 personas muertas como efecto de la violencia. Para el 2025 ya habremos llenado el Santiago Bernabeu, el Camp Nou y el Estadio Azteca.

La Constitución contempla el derecho a la vida en su artículo 2 y la realidad desde el 2004 nos ha demostrado que este artículo ha sido violado 45,355 veces al día de hoy. La violencia ha provocado que miles de familias despierten o se acuesten con la noticia de que un familiar ya no está vivo. Que la madre que asistió al mercado nunca regresó, que el hijo que salió a la escuela nunca llegó a su clase, que el obrero que regresaba a casa nunca volvió y que el niño que fue por tortillas a la tiendita jamás apareció.

La violencia y la muerte incluso han sido calificadas de elitista. Los sectores más afectados por la violencia son aquellos menos favorables económicamente. La violencia no ha penetrado la burbuja de la clase alta, y es cierto. Algunos vivimos en una burbuja, dentro de la cual hemos desarrollado una capa que la indignación no permea. Una insensibilidad que nos impide que las noticias de los homicidios nos sorprendan. Las muertes se han convertido en meros números, el llanto de las familias no lo compartimos, no conocemos ni experimentamos la cólera que invade a los familiares de las víctimas. Las noticias y portadas de los periódicos ya no nos asustan. Y eso está mal. Nos estamos convirtiendo poco a poco en personas indiferentes.

Algunos consideran que esta burbuja estallará eventualmente cuando una de estas personas no afectadas por la violencia sea víctima del crimen. Yo no quiero esperar a que eso pase. Y si uno de ustedes considera que esta dentro de esta burbuja lo invito a que la pinche en este momento. No se tiene que sufrir directamente la pérdida de un allegado para reaccionar ante esta ola de violencia, o para tomar conciencia de ella. Y debemos recordar que estar conscientes no es suficiente, necesitamos actuar.

¿Cómo erradicar la violencia? Un problema tan complejo requiere de una solución compleja. Requiere de líderes capaces y comprometidos. Buscar culpables resultaría inoperante, a nada llegaríamos. Pues culpables somos todos. ¿O no somos violentos todos? Y les pregunto, ¿acaso no hemos sido generadores de la violencia? Acaso no hemos irrespetado la ley, que al final de cuentas es violar una regla socialmente acordada.

Podemos echarles la culpa a los funcionarios públicos. La realidad nos ha demostrado que el sistema no responde eficazmente a las necesidades que tiene nuestro país, la violencia es superior a la capacidad del Estado. Y por eso no podemos depender únicamente de este. Es necesaria la ayuda conjunta de la ciudadanía.

¿Qué hacemos para erradicar la violencia? ¿Qué hice ayer para eliminar este problema? ¿Qué hice hoy? Y ¿Qué hare mañana? No es una pregunta retórica. Los invito a que se cuestionen y digan ¿Qué hago yo?

La tarea es de todos. Y el proceso para erradicar la violencia será doloroso y lento. No terminará mañana. Pero puede comenzar a reducirse hoy. Cada quien desde su trinchera luchará por eliminar la violencia. Naturalmente esto no significará la ausencia de conflicto. El conflicto es inherente a la sociedad. Las diferencias no se resuelven con la violencia, es necesario entender y aceptar la existencia del pluralismo.

Los invito a que seamos participes de esta construcción. No se vale quedarse de brazos cruzados. El cambio siempre es doloroso, pero se vuelve necesario. Es momento de recordar más de 45,355 muertes como nuestro propio holocausto salvadoreño. La historia nos da lecciones y depende de nosotros tomarlas. Los dejo con esta frase: no perdamos la esperanza, no descansemos en la lucha, debemos tener presente que la vida se hace más solemne, fecunda y alegre cuando somos participes de la construcción de algo mejor.