El Salvador es un país pobre, desigual y sistemáticamente corrupto que lleva décadas atrapado en el egoísmo de sus funcionarios y la apatía de sus ciudadanos. Nuestro país tiene problemas estructurales profundos que no pueden ser solventados con pequeños parches diseñados con propósitos electoreros. Ya basta de parches. Ya basta de apatías.

El programa anunciado por el presidente de la República hace un par de días pretende darle, según el mandatario, “dinero en efectivo” a  jóvenes que ni estudian ni trabajan con el fin de que puedan capacitarse, hacer pasantías laborales o “abrir un negocito”. Esta iniciativa no es nada más que eso, un parche temporal que al largo plazo no va cambiar nada. Para entender los fallos claves de este plan del Gobierno de El Salvador es necesario aclarar varios puntos esenciales que han sido mal interpretados por sus defensores.

Este programa no está dirigido hacia jóvenes que “se están muriendo de hambre”. Según la Secretaría de Comunicaciones de la Presidencia, este programa será implementado, por lo menos en un futuro cercano, en tres municipios: Soyapango, Santa Ana y San Miguel. En el último estudio de pobreza realizado por el Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local (FISDL) ninguno de esos municipios se encuentra en la categoría de pobreza extrema severa, alta o moderada. Estos no son los municipios más pobres de El Salvador. Estos no son los municipios donde los niños se mueren de hambre; estos son los municipios donde los niños se convierten en jóvenes “ninis” porque no existe un sistema educativo eficaz que les permita completar sus estudios. Estos son municipios donde los jóvenes que terminan su bachillerato, y los que no, carecen de oportunidades por igual, porque viven en un país donde no hay inversión privada y se genera una cantidad mínima de empleos.

La iniciativa, dirigida hacia los jóvenes que ni estudian ni trabajan, ignora los obstáculos más grandes a los cuales este grupo de la población se enfrenta. Los jóvenes no estudian porque un gobierno de renta media, que no es capaz de invertir ni siquiera el 3% de su PIB en su sistema educativo –aunque así lo prometió en campaña-, tampoco les puede proporcionar las condiciones para que lo hagan. Un sistema político que es incapaz de darle a su país la reforma fiscal que necesita –que no es solo subir impuestos porque no hay dinero en caja chica- tampoco puede ofrecerle a estos jóvenes oportunidades de empleo.

Estos dos obstáculos no se resuelven con doce meses de capacitaciones, eso es solo una solución rápida, alimentada por la falta de visión y las prioridades electoreras que han caracterizado a este gobierno. El bono que el presidente pretende darle a este grupo de jóvenes no es una inversión; es un gasto. Si no se invierte en el sistema educativo y se celebra un crecimiento económico del 2.5% como un logro, los ninis seguirán viniendo, cada año, en cantidades más significativas. ¿Entonces? No resolvimos nada.

El problema de los jóvenes que no estudian es uno estructural y sistemático, que por lo tanto requiere soluciones con las mismas características. Es fácil decir que estos programas nos acercan más a la igualdad social y a la creación de oportunidades que existe en países como Suecia, pero es igual de fácil omitir que Suecia invierte el 7.3% de su PIB en su sistema educativo, más de 4 puntos porcentuales por encima de El Salvador. La solución está ahí, en la inversión, no en el gasto.

P.D. No puedo dejar de mencionar que la comparación del Programa de Apoyo Temporal al Ingreso (PATI) con este programa, hecha por un columnista de esta revista, es errada. A diferencia de este programa, el PATI trabajaba de la mano con las municipalidades para capacitar a sus benefactores, pero técnicamente: las municipalidades pagaban por servicios que estos jóvenes les brindaban utilizando fondos del Estado. El PATI les pagaba $100 mensuales a jóvenes que realizaban labores para las comunas, capacitándolos en el proceso. Este programa brindaba una solución de la cual se beneficiaba directamente la comuna y por ende sus ciudadanos, por el trabajo realizado por los jóvenes. El PATI no era un bono, ni un subsidio, era un pago por servicios con un componente social y didáctico.