La mañana es silenciosa y quieta. A lo lejos se escucha el llamado a la oración desde cada esquina de la Medina y uno que otro par de pájaros cantar. El aire marroquí está cubierto de incienso y especies árabes. Los paisajes brillan como el color ladrillo, tan repetitivos, interminables y secretos. Ya casi termina el tiempo de Ramadán.

Con libro en mano mi mente viaja desde la ciudad de Marrakech hasta posarse en el pulgarcito de América. No existe el papel, solo notas de servilleta. Entre dibujos y los versos de Raúl Contreras, escribo para no olvidar. Como quisiera que algún funcionario de alto cargo tenga el hábito de leer por las mañanas nuestras columnas de opinión. La prosa es un amplio salón de baile que se extiende entre las mentes de nuestros lectores para concebir en ellas, pequeñas ideas. ¿Cuánta opinión habrá que existir para germinar en ellos alguna buena idea?

No obstante, el esfuerzo diario y los garabatos escritos en servilletas no debiesen estar destinados para ellos. La intención de levantar la pluma y ponerse a escribir tiene el potencial de trascender el dilema entre lo que el gobierno hace y no hace. En realidad, a medida que pasa el tiempo, se trata menos de ellos y más sobre nosotros. Somos, como diría mi amigo Ricardo Avelar, “tan ácidos en la crítica online y tan tímidos en la práctica”. Existe una línea bien flaca entre criticar y renegar, y por consiguiente, algo peor: indignarse para luego no hacer nada. Por más opinión que generemos, aquella no cobrará vida por sí sola.

Hace unos días, en Junio del presente año, la embajada del Reino Unido llevó a cabo una conferencia en donde compartió diferentes temas acerca de nuestro país. Entre ellos, los de más relevancia parecían siempre hacer mención a la juventud, y de forma sutil, a las inquietantes políticas populistas multiplicadas por doquier. Entre las conversaciones que se desarrollaban consecuentes a las conferencias, me pareció haberme encontrado con una corriente de pensamiento basada en el conformismo: hablar de necesidades y demandas para luego sentarse y esperar a que sucedan. Al parecer, cualquier tipo de solución es posible si este viene de los de mayor influjo, ya sean políticos o no. Mientras tanto, nosotros debiésemos cumplir el rol de espectadores, una audiencia frustrada a corto plazo y nada más.

En línea con esa idea, me di cuenta que el populismo solamente cobra vida porque las demandas las exigimos de alguien más, y no nos las hacemos a nosotros mismos. En realidad debiese ser lo contrario. Es de nosotros la rutina, el caos, los pésames, las miradas y el cansancio. Es de nosotros el olor al café y el amanecer cargado de colores tan dulces y tan amargos. Es de nosotros sentir la angustia diaria y desafiar aquel instinto de querer salir corriendo sin mirar atrás. Ansiamos la curiosidad, desempolvar lo bueno de este lugar. De huir nos detiene el propósito, la interrogante, el ¿por qué sobrevivir si aún se puede vivir? Es de nosotros descifrar la respuesta.

Entre una reflexión y otra, vuelvo otra vez a la lectura. En ella logro encontrar el romanticismo de aquellos momentos en que, con un ojo crítico y la determinación empapada de orgullo, líderes de diferentes campos y trincheras marcaron el rumbo de nuestra historia. Hay mucho bueno que escarbar detrás de nosotros, más de lo que imaginamos. Sólo falta determinar la historia que está por escribirse ahora, delante de nosotros.

*Escrito desde Marruecos